(Juan Fco. Silva Díaz – Profesor Ed. Diferencial)
En la escuela pública, el texto escolar debería ser una herramienta silenciosa pero
decisiva: acompaña la clase, ordena los aprendizajes, iguala oportunidades y
permite que cada estudiante tenga un soporte común, sin costo para su familia.
Sin embargo, en demasiadas aulas ese recurso termina desdibujado por el
desinterés, el descuido y la naturalización de prácticas que lo degradan hasta
volverlo casi invisible. El libro, que llega como una política de apoyo educativo con
costo cero para el hogar, a veces no alcanza a cumplir su propósito porque se mal
usa, se pierde, se rompe o simplemente se abandona.
El problema comienza temprano. Hay estudiantes que reciben textos nuevos y los
usan como cuaderno, como soporte improvisado para recortar, colorear o rayar sin
criterio. Otros los dejan en casa por semanas, olvidados en una mochila, o los
extravían antes de que el año avance. También ocurre algo más grave: textos
completos quedan apilados en salas, bodegas o estantes, sin integración real al
trabajo pedagógico. El resultado es evidente: una herramienta pensada para
fortalecer el aprendizaje termina convertida en objeto accesorio, reemplazable o
prescindible.
La causa no es una sola. Existe una responsabilidad directa de algunos
estudiantes, que no siempre comprenden el valor material y pedagógico del libro.
Pero también hay responsabilidades indirectas que pesan con fuerza: familias que
no fueron orientadas sobre su uso, equipos directivos que no establecen rutinas
claras de cuidado y devolución, y docentes que, por sobrecarga o falta de
convicción, dejan el texto al margen de la experiencia cotidiana del aula. Cuando
nadie nombra el libro, nadie lo protege. Cuando nadie lo integra, nadie lo defiende.
Las consecuencias económicas son concretas. Cada texto mal usado o perdido
implica reposición, redistribución o sobre exigencia para el sistema público, que ya
financia la compra y distribución de estos materiales. Aunque para la familia el
acceso sea de costo cero, para el Estado no lo es: imprimir, transportar, almacenar
y reemplazar miles de ejemplares supone recursos que podrían destinarse a otros
apoyos educativos. El mal uso transforma una política de equidad en una filtración
de recursos. Lo que debía durar un año o más termina consumiéndose antes de
tiempo.
También hay una consecuencia pedagógica menos visible, pero igual de grave.
Cuando el texto escolar no se usa con rigor, se debilita la continuidad del
aprendizaje. El estudiante pierde una referencia estable para estudiar, ejercitar y
repasar. Se rompe la posibilidad de avanzar con un lenguaje común dentro del
curso. Y se instala una idea peligrosa: que los materiales entregados por el Estado
no merecen cuidado porque “vienen gratis”. Esa lógica empobrece la cultura
escolar y banaliza el esfuerzo público.
En este escenario aparece con fuerza la voz del profesor, que no habla solo como
ejecutor de una política, sino como defensor de una herramienta concreta de trabajo.
El docente sabe que el texto escolar no reemplaza su labor, pero sí la
potencia. Le permite organizar la clase, apoyar a quienes van más lento, dar
continuidad a los contenidos y ofrecer un piso mínimo de equidad. Por eso su
defensa no es romántica, sino profesional: cuando el libro se usa bien, la
enseñanza gana orden, profundidad y justicia.
El profesor también sabe que el problema no se resuelve con simple regaño. Se
resuelve con acompañamiento, normas claras, seguimiento y una cultura escolar
que enseñe a valorar lo público. Un texto escolar no es un cuaderno cualquiera ni
un regalo intrascendente. Es una inversión del país en sus niños y niñas, una
herramienta de aprendizaje y una señal de confianza institucional. Defenderlo es
defender el derecho a aprender con dignidad.
Por eso, entre el aula y el abandono, lo que está en disputa no es solo un libro.
Está en disputa la idea misma de escuela pública: si será un espacio donde los
recursos comunes se cuidan porque pertenecen a todos, o un lugar donde lo
gratuito se confunde con lo desechable. En esa frontera, la voz del profesor sigue
siendo necesaria, porque recuerda algo elemental: un texto escolar no vale por su
precio, sino por la oportunidad que abre cuando se usa bien.
Signo Escarlata, documentar para entender mejor.
