Por César Caro
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Mi madre no es letrada. No tal como se entiende desde una perspectiva académica. Con suerte terminó cuarto básico, si es que lo terminó -su vida académica y escolar finalizó de cuajo de hecho con el Golpe de Estado de 1973, a inicios de la Dictadura; y quizás con ella su infancia, iniciando así su vida como adulta entre los cuidados con su hermano enfermo y llevar el pan a la casa. Es de esa generación, como muchas otras madres y padres chilenos.
Llegando del trabajo hace unos días atrás, mi madre me preguntaba si sabía lo que quería hacer el gobierno, si estaba al tanto, si había visto las noticias. Le pido que me explique a qué se refiere. Pero no puede hilar las palabras, o no encuentra palabras para comunicarme su idea o lo que escuchó en la TV o en las RRSS. Hay un cierto lenguaje que maneja un grupo de personas, ese dispositivo tiene una función política y social (y por supuesto segregadora). Sin embargo, por muy iletrados que seamos, captamos de alguna manera el “aura” del discurso, de la frase, de la palabra, su sentido. En este caso la manera y modos cotidianos de sus efectos inmediatos.
Vuelvo a tierra y a la intuición de mi madre: comprendiendo quizás su aprensión (y su aprehensión del sentido), le comento del proyecto de reforma constitucional de seguridad que está invocando el Gobierno de Kast -para una persona como yo es muy difícil ir al grano, al punto exacto, al quid del asunto: a veces mi madre me fuerza a traer las ideas a tierra. Poco a poco comienza a recordar algunas vivencias durante la pandemia y la represión político y militar sufridas, y de ellas emergen los recuerdos de su niñez, su adolescencia y juventud vividos durante la Dictadura de Pinochet.
¿Quién más que nuestros padres o abuelos tienen tal experiencia como trauma, herida o grieta en la raíz misma de su proceso vital?
¿Quién más que el pobre que emergió desde el fundo patronal, de la casa inquilina, desde la reubicación socio-geográfica en Dictadura, con el milico o el carabinero rodeando su vida cotidiana, familiar y cívica, puede efectivamente, temer y angustiarse existencialmente, comprender las implicancias del proyecto de seguridad del Gobierno de Kast?
Alguna vez compartí la siguiente reflexión: ¿qué sucederá con la memoria, con nuestra memoria generacional, una vez que aquella generación, la de nuestros padres y abuelo, se convierta en polvo y epitafio? ¿Qué será de nosotros? ¿Acaso ya está ocurriendo?
Pero esta no es la reflexión principal -pensando acerca de ir de un punto a otro y no salir por las ramas genealógicas. Aunque pueda ser contingente. De hecho, lo es.
Mi madre es testigo histórico de cómo comienza, cómo se vive, de cómo no se vive, y cómo se muere bajo el poder de un dictador. La experiencia del relato de mi madre es testimonio histórico de una crónica de un dictador anunciada.
¿Y si tuviésemos 280 días seguidos de estado de excepción? ¿Y si tuviésemos solo 100 días donde nuestros derechos fundamentales fueran derogados, limitados o pasados por alto? ¿Y si fuera solo un mes, o una semana? ¿Y si solo fuera por un pequeño periodo y por unas causas específicas para un fin particular, solo algunos derechos limitados y conculcados bajo ciertas condiciones?
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Se celebra el día del niño en mi población. Las chiquillas de la junta de vecinos, junto a algunos de sus esposos o parejas, con sudor y mucho trabajo, han podido juntar los recursos necesarios para hacerles algo a los niños. Ocurre algún tipo de problema que no logro identificar. Viene carabineros por algún llamado, simple presagio de fortuna para realizar la ronda (ronda habitual en una población como la nuestra). Por alguna razón inexplicable lanzan una bomba lacrimógena en medio de la cancha donde celebraban las familias junto a sus niños ¡Todo patas pa´rriba! Terminan endeudándose por un juego que fue roto entre tanto jaleo.
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Así como las lluvias de este invierno último cae igual para todos, pero son los pobres quienes sufren las consecuencias y sus efectos -porque la lluvia no cae igual para todos. Los efectos climáticos ponen en evidencias las desigualdades estructurales de una sociedad. Así mismo será la represión en el estado ideal de la dictadura posible de nuestro gobierno elegido democráticamente. Un estado de excepción contra el delincuente, contra la señora Juanita que vive en carne propia las balas y el narco, un estado de excepción dentro de la población. Porque seamos honestos, el estado de excepción no es para Vitacura, no es para Luksic. No lo vivirán. Porque no, las leyes no son iguales para todos. Y sí, en Chile hay más de una justicia. Y sí, al pobre se le mide distinto, usando la fuerza del modo más apropiado, más atroz posible. La historia de Chile demuestra con hechos históricos de sangre tal afirmación.
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¿Estado grande o Estado pequeño? ¿Más o menos Estado?
Se pide y proclama un Estado menor, donde su injerencia en la vida pública y privada sea más acotada y mínima en cuanto magnitud, en pro de la libertad individual y su potencia. Sin embargo, por aporía el presidente de la República de Chile podrá ejercer tal fuerza sobre la vida civil y nacional, donde como Jefe de Estado tendrá mayores facultades que cualquier otro presidente en los últimos 55 años. ¿Más o menos Estado?
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Voto de confianza, piden algunos, voto de confianza para el presidente y su juicio. Confiar ciegamente en los designios y decisiones del Líder de la República de Chile.
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Vuelvo a uno de los recuerdos de mi madre: el arma de un soldado apuntándole a ella y su hermana. “Corre concha de tu madre o las mato”.
