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Ser profesor en Chile es una tarea amarga

Columna de opinión

Por Valentina Lira Ramírez

Profesora de Historia · Especialista en Educación Socioemocional · Orientadora · Postítulo en Religión


Han pasado diez, tal vez once años, desde que obtuve mi título de profesora. Más de una década dentro del sistema educativo chileno permite mirar la escuela desde otro lugar: ya no solamente desde la vocación con la que muchos ingresamos a pedagogía, sino también desde el cansancio, las contradicciones y las preguntas que aparecen después de años acompañando a niños, niñas y adolescentes.

Hay una pregunta que cada vez me resulta más inevitable: ¿quién cuida a quienes tienen la responsabilidad de cuidar?

Durante estos años la educación chilena ha cambiado. Hemos avanzado en derechos, inclusión, convivencia educativa y reconocimiento de las necesidades socioemocionales de los estudiantes. Sin embargo, no estoy segura de que hayamos avanzado con la misma fuerza cuando se trata de proteger a los profesores, mejorar sus ambientes laborales, respetar sus tiempos de descanso y reconocer la enorme carga emocional que significa educar.

Los datos muestran que este malestar no es solo una impresión. El Centro de Estudios del Ministerio de Educación, a partir de TALIS 2024, informa que un 27,3% de los docentes chilenos declara experimentar mucho estrés en su trabajo; un 15,1% señala que la profesión impacta negativamente en su salud mental y un 11,3% en su salud física. Apenas un 6,9% considera que su trabajo le deja tiempo para su vida personal. Son cifras que obligan a mirar el bienestar docente como una condición para la sostenibilidad de la profesión y no como un lujo.

¿Quién nos resguarda a nosotros?

Cuando ocurre un conflicto y aparece una denuncia, una acusación de maltrato o un reclamo, naturalmente corresponde investigar. Los derechos de los estudiantes deben ser protegidos y ninguna comunidad educativa debería relativizar una vulneración. Pero investigar no debería significar abandonar al adulto ni convertir cada conflicto en una búsqueda inmediata de culpables.

La legislación chilena vigente reconoce que los profesionales de la educación tienen derecho a trabajar en ambientes seguros, libres de violencia, acoso y discriminación, donde se respete su autoridad pedagógica y se resguarde su integridad física, psicológica y moral. Esa protección no puede entenderse solamente desde lo jurídico. Los profesores también necesitamos resguardo socioemocional: espacios donde podamos decir que estamos cansados, reconocer que una situación nos sobrepasó y pedir ayuda antes de quebrarnos.

Hace algunos días supe de una profesora joven, recién egresada, que decidió renunciar. No pudo sostener las dificultades cotidianas de algunos cursos: estudiantes que no querían trabajar, conflictos por el teléfono celular, interrupciones permanentes y conductas desafiantes. No cuento su historia para responsabilizar a esos estudiantes. La cuento porque me parece un síntoma de algo mayor.

¿Qué hacemos frente al adolescente que no quiere escribir? ¿Lo reprendemos una y otra vez? ¿Lo anotamos? ¿Lo sacamos de la sala? ¿O abrimos el círculo y preguntamos qué ocurre? La segunda alternativa puede ser mucho más formativa, pero requiere tiempo. Preguntar significa escuchar; escuchar significa detenerse. Después quizá haya que conversar con el profesor jefe, contactar a la familia, registrar, derivar, hacer seguimiento y volver a preguntar unos días después cómo está.

Ahora multipliquemos ese ejercicio por cuarenta estudiantes, y luego por varios cursos. ¿Tenemos realmente el tiempo institucional para construir ese vínculo minuto a minuto, día tras día? Desde mi experiencia como orientadora, muchas veces la respuesta es no. Allí encuentro una de las mayores contradicciones del sistema: nos pide vincularnos, pero no siempre nos entrega las condiciones para hacerlo bien.

Dos escuelas bajo el mismo techo

En muchos establecimientos todavía conviven dos paradigmas. Uno, heredado de una tradición disciplinaria punitiva, responde a la falta con anotación, citación, suspensión y con el clásico «a mí no me vas a faltar el respeto». El otro intenta comprender la convivencia como un proceso pedagógico: una oportunidad para enseñar responsabilidad, reparación, autorregulación y formas distintas de relacionarnos.

La Política Nacional de Convivencia Educativa 2024-2030 habla de cuidado colectivo, inclusión, bienestar y de una autoridad pedagógica vinculada a enfoques formativos, participativos y de derechos. Comprender la historia de un estudiante no significa justificar cualquier conducta. Podemos decirle: entiendo que estás viviendo algo tremendamente difícil y, al mismo tiempo, no puedes agredir a otra persona. Comprender y responsabilizar no son conceptos opuestos.

El problema es que ese modelo requiere adultos capaces de sostenerlo y condiciones institucionales para hacerlo. Es muy difícil pedir regulación permanente a un adulto agotado. Si un adolescente se desregula frente a mí, mi tarea como adulta no es competir con su desregulación. Si grita, no necesito gritar más fuerte. Si dice algo inapropiado, mi autoridad no depende de demostrar que puedo herirlo mejor. Mi tarea es mostrarle otra posibilidad. Pero para que un adulto pueda regular, escuchar y acompañar, también necesita sentirse sostenido.

No podemos salvarlos a todos

Esta es quizá una de las frases más difíciles de escribir: los profesores no podemos salvarlos a todos. Y aceptar eso duele. Hay fines de semana en que uno simplemente descansa de la intensidad emocional acumulada durante la semana. No porque dejemos de querer a nuestros estudiantes, sino porque somos personas. También tenemos pareja, hijos quienes los tienen, padres, hermanos, amigos, enfermedades, cuentas, preocupaciones y una vida fuera de la escuela.

No podemos construir una política educativa sobre la expectativa de que los profesores sean cuidadores emocionalmente disponibles de manera ilimitada. Tampoco podemos suponer que derivar equivale a solucionar. Podemos activar protocolos, contactar redes, recurrir a salud, protección especializada, Tribunales de Familia, policías u otros organismos según corresponda. Existen programas especializados para intervenir con niños, adolescentes y familias. Son redes necesarias, pero ninguna derivación transforma de un día para otro una historia familiar compleja. El profesor vuelve a encontrarse con ese estudiante al día siguiente.

Una sala llena de historias

Actualmente tengo una jefatura de alrededor de cuarenta estudiantes. Quiero pensar que algunos me reconocen desde el vínculo. Intento estar disponible en los momentos en que puedo: preguntar cómo están, acompañarlos, escucharlos y tratarlos con respeto. Para mí, educar también significa devolverle dignidad a la experiencia de estar en la escuela.

Por eso cada vez me cuestiono más qué batallas vale realmente la pena dar. ¿El aro? ¿El pelo? ¿El uniforme? ¿Comer algo durante una clase? No digo que las normas sean innecesarias. Una comunidad necesita límites y los estudiantes necesitan aprender que vivir con otros implica responsabilidades. Lo que cuestiono es la jerarquía que damos a nuestros problemas.

Mientras discutimos por el uniforme, frente a nosotros puede haber un adolescente cuya madre está privada de libertad. Mientras anotamos un atraso, puede haber un estudiante que salió de una casa donde esa mañana hubo violencia. Mientras exigimos silencio absoluto, puede haber un joven que todavía no posee las herramientas para regularse. Mientras reclamamos porque alguien no hizo una tarea, quizá nunca preguntamos si en su casa existían las condiciones materiales o emocionales para hacerla.

También están quienes han debido dejar su país, familiares, amistades y redes de apoyo para comenzar nuevamente en Chile. UNICEF ha advertido que los procesos migratorios pueden implicar pérdida de redes sociales y familiares y afectar el bienestar emocional y las trayectorias educativas; por eso la escuela puede convertirse en un espacio de seguridad, bienestar y acogida. En Chile, UNICEF reportó en 2026 que 313.539 niños, niñas y adolescentes son migrantes. La diversidad no es una nota al pie de la escuela actual: es parte de su realidad cotidiana.

Detrás de un grito hay una historia. Detrás de un atraso hay una historia. Detrás del estudiante que duerme sobre la mesa hay una historia. Detrás de quien se niega a escribir también puede haber una historia. La conducta importa, pero no puede ser la única información que observamos.

La oficina donde cabe todo

Quizá pocas funciones escolares muestran mejor esta transformación que la orientación. Hace mucho tiempo que orientación dejó de ser solamente vocacional. Mi oficina puede comenzar el día hablando sobre una carrera universitaria y terminarlo conteniendo un conflicto familiar.

Se convierte en escucha. En reclamos. En una curita. En una toalla higiénica. En conseguir un pantalón. En imprimir una tarea. En escuchar problemas de pareja. En conversar sobre sexualidad y salud reproductiva. En recordar a un adolescente que debe cuidarse. En llamar a una familia. En recibir la llamada de un apoderado que tampoco tiene tiempo para ir presencialmente al establecimiento. En escribir un acta. En activar un protocolo. En derivar. En escuchar nuevamente. Y después comienza otro bloque de cuarenta y cinco minutos.

La Política Nacional de Convivencia Educativa vincula explícitamente convivencia y bienestar integral y propone que las comunidades educativas sean espacios protegidos y de aprendizaje para todos y todas. La palabra importante es todos. El cuidado no puede ir en una sola dirección. No podemos construir una escuela donde los adultos cuidan a los estudiantes, pero nadie cuida a los adultos.

Humanizar la pedagogía

El sistema educacional chileno no necesita solamente personas que cumplan una jornada y administren contenidos. Necesita algo bastante más difícil: humanizar la pedagogía. Eso significa recordar que detrás del estudiante existe una persona, pero también que detrás del profesor existe otra.

Humanizar no significa renunciar a las expectativas académicas. SIMCE importa. PAES importa. Aprender Matemática importa. Comprender un texto importa. Conocer Historia importa. Pero nada de eso ocurre en un vacío emocional. El aprendizaje sucede entre personas y dentro de relaciones. Por eso debemos preguntarnos qué existe detrás del estudiante que «no quiere aprender». ¿Realmente no quiere? ¿O no puede en ese momento? ¿Está cansado? ¿Tiene miedo? ¿Está preocupado? ¿Está solo? ¿Alguien lo espera cuando llegue a su casa?

No tengo respuestas para todas esas preguntas. Y esa también ha sido una lección de estos años.

La pedagogía como trinchera cotidiana

Nunca estudié pedagogía porque «no me alcanzara para otra cosa». Elegí ser profesora porque creo profundamente en la educación. Después de más de diez años sigo creyendo en ella, aunque de una manera bastante menos ingenua.

Para mí la pedagogía sigue siendo una forma de amor. Pero es un amor muchas veces desvalorizado socialmente, burocratizado institucionalmente y agotado emocionalmente. Mi lucha cotidiana no consiste en salvar a todos mis estudiantes, porque he comprendido que eso es imposible. Consiste en intentar algo más humilde: que durante el tiempo en que un joven pase por mi sala, por mi oficina o por mi vida profesional encuentre al menos un adulto confiable.

Un adulto que pueda poner límites sin humillarlo. Que pueda decirle que se equivocó sin convertirlo en «el problemático». Que no pierda el control porque el adolescente perdió el suyo. Que pueda escucharlo cuando nadie más tiene tiempo. Que pueda orientarlo cuando no sabe hacia dónde ir. Que comprenda que una conducta tiene consecuencias, pero también causas.

Eso intento hacer desde la orientación y la convivencia educativa. Pero tampoco quiero romantizarlo. Detrás de cada adulto disponible existe una persona que también se cansa.

Quizá allí esté la pregunta que debería incomodar al sistema educacional chileno durante los próximos años: si queremos profesores capaces de cuidar, vincular, contener, enseñar, regular, escuchar y acompañar a nuestros jóvenes, ¿cuánto estamos dispuestos, como sociedad, a cuidar a quienes realizan ese trabajo?

No podemos pedir una escuela más humana mientras deshumanizamos las condiciones de quienes trabajan dentro de ella. No podemos pedir profesores emocionalmente disponibles sin preguntarnos por su propia salud emocional. Y no podemos seguir hablando del bienestar de la comunidad educativa como si los profesores estuviéramos fuera de esa comunidad.

También somos parte de ella. También necesitamos escucha. También necesitamos respeto. También necesitamos protección. También necesitamos tiempo.

Y también necesitamos que, alguna vez, alguien nos pregunte cómo estamos antes de preguntarnos qué hicimos mal.

VLR

Profesora de Historia · Especialista en Educación Socioemocional · Orientadora · Postítulo en Religión

Santiago, Chile

Fuentes y referencias

• Ministerio de Educación, Centro de Estudios (2025). Evidencias 69: Voces docentes: condiciones, fortalezas y desafíos de la profesión en Chile. Resultados TALIS Escolar 2024. Enlace

• Ministerio de Educación (2024). Política Nacional de Convivencia Educativa 2024-2030. Enlace

• Ministerio de Educación (2024). Plan de Acción Política Nacional de Convivencia Educativa 2024-2030. Enlace

• Biblioteca del Congreso Nacional. Ley General de Educación, texto vigente: derechos y deberes de los profesionales de la educación. Enlace

• UNICEF Chile (2024). Somos Diversos: Fortaleciendo las comunidades escolares de acogida. Enlace

• UNICEF Chile (2026). Datos y estadísticas de niñez y adolescencia en Chile. Enlace